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sábado, 7 de enero de 2012

La Guajira. Cabo de Vela.

Para salir del Tayrona tuvimos que cargar las mochilas en un caballo durante dos horas hasta el parqueadero. De ahí agarramos una buseta a la entrada del parque y luego un autobús dirección La Guajira. Paramos en un cruce llamado 4 vías y de ahí tomamos un taxi a Uribia. Llegamos para agarrar el último 4x4 que salía hacia cabo de vela. Contamos 26 personas en el carro mas la carga. Récord de enlatamiento en el viaje. Las mujeres wayüo se tapaban la cara por el polvo. Una niña vomitaba durante las 3 horas de trayecto, las rodillas se me entumecieron hasta dejar de notarlas, las piernas las tenía tan dormidas que para moverlas primero las debía levantar con los brazos. 


Me sorprendió el cambio del paisaje. Recuerdo que la carretera era una recta infinita plagada de carros varados. Acompañaba a la vía del tren que lleva el carbón hacia costa. A los lados las comunidades indígenas que salían a saludarnos. Todo un acontecimiento que pasara un carro por allá. De la selva montañosa cargada de vida que era el Tayrona, pasamos al polvo rojo del desierto de la Guajira, a grupos de cabras entre el mismo arbusto espinoso repetido hasta la saciedad, a muchas y pequeñas lagunas de intenso verdor, y a aves carroñeras sobrevolando un cielo parecido al de los Simpsons. 



La bahía del cabo de vela es una calle larguísima llena de humildes alojamientos y pequeños restaurantes de las familias wayüu. Recién les están poniendo la luz. Las olas van de la orilla a mar a dentro y el sol nunca esta en el centro del cielo. Los relojes y las brújulas dejan de funcionar. El viento sopla siempre a las mismas horas del día. El agua es color Caribe y esta llena de peces. Al fondo siempre a la vista, el pilón de azúcar, montaña sagrada para los indígenas. Más allá, ¿quien sabe? Pareciese como si estuviéramos llegando al fin del mundo.


























viernes, 19 de agosto de 2011

Corn Islands


Si es verdad que existe el paraíso, este debe ser muy parecido a Corn Islands. Antiguas islas de piratas, los descendientes directos de Morgan todavía viven acá. Aguas cristalinas de fondo turquesa, arena blanca y fina, flores y palmeras a pie de playa muestran la postal. Pero sorpresa, aquí no hay postales, y casi tampoco turismo, y el que hay no es de grandes complejos hoteleros sino todo lo contrario. Se dice que los pescadores no solo sacan langosta roja del mar, sino también de la blanca, de la que da mayores beneficios y es ilegal, por eso no les interesa potenciar la isla económicamente.
Big Corn mide 6 kms cuadrados, y se conoce todo el mundo. Miskitos, indios descendientes de esclavos con un marcado carácter africano, viven al oeste protegidos del viento del Norte. Brig Bay es la zona colonizada por los foráneos y puerto principal donde llegan y salen los barcos. South Bay único sitio prohibido por ser casa de los “drogos” y “huele pegas”; se dice que por ahí todavía quedan tesoros por descubrir.
Nos alojamos en el Oeste, en la posada Bella Vista, donde Giorgio y Teresa nos trataron como reyes. Nos parecemos mucho los italianos y los españoles, y de eso te das cuenta cuando te encuentras lejos del mediterráneo. Tienen una hermosa casa a 20 metros del mar y el mejor café de la isla. La pizza es su especialidad. Le hacen sentir a uno como en su propia casa.

 

Después de dos días agarramos una panga para Little Corn, micro mundo idílico alejado de la civilización, no hay coches ni vehículos a motor en esta pequeña islita de 1,6 kms cuadrados. Y cuando llegas todo cambia de repente. Lugar de pies negros donde la gente es amable y se saludan por el paseo. Fuimos a parar donde Stedman, unas Cabañas a pie de playa con mas de un bicho y cocina de leña. Palmeras, tiburones, mantas rayas y extraños peces coincidían en la orilla. Las preocupaciones desaparecen o se vuelven muy básicas. Agarrar la fruta de los arboles (coco, aguacate, mango, fruta de pan, durazno, uvas de playa,...), terminar el capítulo de ese libro, relajarse y disfrutar del paraíso.
Pronto nos sentimos parte de todo aquello gracias, sobretodo, a la gente que conocimos. Coincidimos con otros artesanos que nos enseñaron y aconsejaron. No podría pensar en un mejor bautizo. Y vendimos, si, no fue nada mal. Incluso se llevaron los poemas y ya hay una nueva serie en camino.
Por las mañanas hacíamos tremendo desayuno con pan de coco, picos, café, tomate, queso y aguacate. Al medio día tirábamos de patis, empanadas que podían ser de carne, pollo, pescado o langosta. Por la noche hacíamos la gran cena, normalmente de pescado, fresco no, todavía coleaba.
Compartimos experiencias con muchos otros viajeros y nos dimos cuenta que siempre puedes prescindir de algo para que tu mochila pese menos. También vimos que nuestra ruta es larga y si queremos llegar a Buenos Aires hay que hacerlo con el petardo en el culo como dice Karim. Fue increíble encontrarme con el en la islita perdida después de 5 años de la época de Granada. El mundo es un pañuelo.
Me subí a un cocotero para cumplir la promesa que le hice a Genciano. Aquí dejo la prueba.
La noche antes de irnos comimos un pez que llaman esposa vieja. Dicen los isleños que quien la prueba se queda. Y la verdad es que se nos pasó por la cabeza cuando decíamos adiós en la panga y alguna lágrima saltaba por la borda. Pero hemos quedado con Angel y Laura en vernos en mes y medio en Montezuma Costa Rica. Ahora esperamos el autobús que nos lleve a Honduras. Próxima parada: Ruinas de Copan.