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jueves, 22 de marzo de 2012

Lima y los paros mineros

 
Lima es una ciudad gigantesca y frenética donde no hay un minuto que pases sin escuchar el pitido de un carro o un taxi. Primero llegamos al barrio de Barranco, una zona de la ciudad bien bonita con galerías de arte y casas pintadas de colores. Aquí se encuentra el puente de los suspiros donde dicen que se han enamorado miles de limeños y ha servido de inspiración para tantos otros poetas. El mejor momento es el atardecer cuando la gente se reúne en los parques para ver el sol ponerse sobre el mar.
Pocos días después, nos fuimos al centro de la cuidad. Bautizamos al autobús (Metropolitano) como MetropoliSauna. Caímos, una vez más en el hostal de los artesanos que estaba justo arriba del mercado de Santo Domingo, sólo de artesanía, un paraíso para nosotros. Llenamos las mochilas de piedras, hilos, alambre, plumas de guacamayo, dientes de caimán y de lobo marino. Esperamos que esta vez no nos roben.

La mañana de mi cumpleaños aparecieron Sergi y Ana con un pannetone gigante con velas encendidas. Despertaron a todo el hotel con la canción de cumpleaños, pero fue un dulce despertar. Uno no es de piedra y se emocionan cuando le hacen estas cosas. Nos habíamos despedido hacía dos semanas en Chachapoyas y ahora nos volvíamos a reencontrar. Qué ilusión que te pase esto en el viaje. Volvimos a reírnos a carcajadas. Qué parejita esta, les deseamos lo mejor en lo que les queda de viaje y seguro que nos reencontramos en la madre patria. Con ellos fuimos al parque de amor en el barrio de Miraflores donde hay escritas en mosaicos frases de este género. Es como el parque de Gaudí en Barcelona pero bastante más pequeño y cursi.
Llegó el día del concierto de Manu Chao. El festival era grande, se esperaban más de 25000 personas nos dijeron. Pronto se acabó la cerveza de las barras, era la primera edición y todavía faltaban algunos ajustes. Toto La Momposina, colombiana, la partió. Descubrimos al grupo peruano Bareto y Manu Chao, incansable, tocó por tres horas en las que no paramos de bailar ante las miradas de los pijos de Lima que ni se despeinaron.
Salimos de Lima de noche. Cancelaron nuestro autobús por la huelga minera y al que nos pasaron no le funcionaban las luces. Ya de madrugada llegamos al meollo de la cuestión. Hasta aquí, todo parecía habernos atraído irremediablemente a este embotellamiento gigantesco como un agujero negro. Kilómetros y kilómetros de la panamericana estaban cortados por los mineros y sus barreras de neumáticos ardiendo. Las luchas principales estaban a la altura de Nazca, paso obligado para ir a Arequipa (nuestro supuesto destino). Los autobuses y los camiones estaban varados en la calzada, las estaciones de servicio atascadas y los restaurantes colindantes subían sus precios de forma descarada.
Las piedras volaban de un lugar a otro. Le dieron a una mujer en el pie y se le puso como una sandia. Los policía se hacían los suecos, era como si la cosa no fuera con ellos. Entre los camiones atascados, llegaron caminando cientos de antidisturbios…
De repente las noticias llegaban de todos los lados. En una parada nos dijeron que ya había tres muertos, todos mineros. Una señora nos confirmó que el pillaje había comenzado mientras nos contaba el desvalijamiento de un carro. Un hombre que escuchaba la radio retransmitió los altercados como si de un partido de fútbol se tratase. Había cristales en el suelo y lunas rotas por todas partes.
Los choferes instaban a los varones viajeros a defender con uñas y dientes el transporte. Los propios viajeros se organizaron, hartos ya de más de doce horas de espera, empuñaron las piedras contra los mineros y escoltaron el autobús.
A partir de ahí teníamos que tomar una decisión; camino a Arequipa había dos paros mas. Los últimos habían durado cuatro días. Por suerte salía una carretera hacia Cusco que estaba libre de mineros. Perdimos la mitad del billete para cambiar de autobús y de destino pero desde hoy ya estamos en la pura tierra de los incas.
































jueves, 29 de diciembre de 2011

Cartagena de Indias y Sierra Nevada

Salimos con Tony de San Pancho en una lancha que nos llevó a Turbo, lugar donde empieza la carretera en Colombia. De ahí tomamos un puerta a puerta a Montería, y de esta, otro puerta a puerta a Cartagena. En un mapa no parece mucho pero la carretera era malísima y cada 10kms nos paraba la policía para sacarse el aguinaldo. El conductor asentía con la cabeza y le pasaba el billetito disimuladamente. 
Llegamos de noche. Pinchó el primer taxi que nos acercaba al casco viejo. En el segundo escuchamos que había una media de 5 asesinatos por día en Cartagena. La calle de los hosteles, estaba abarrotada de gente, gringos salían debajo de las piedras, Junior había ganado la copa y los colombianos lo estaban celebrando. Los hosteles estaban sin camas ni agua. Nos metimos en el primer sitio que encontramos. Era ya tarde y nos dormimos.  
Por la mañana visitamos esta ciudad colonial repleta de historia y turistas. Primer puerto de los españoles donde acumulaban las riquezas antes de mandarlas. La ciudad fue destruida y atacada varias veces por el pirata Blake por lo que la muralla tardó casi 200 años en construirse. Por la tarde recorrimos un par de kilómetros de esta y nos sentamos a ver el atardecer entre los cañones que hay cerca del Café del Mar. 
La mañana del 23 nos marchamos para Mamancana, reserva natural y hogar de unos amigos de Tony. El taxi que nos llevaba a la estación mas parecía una sauna. Las calles hierven en embotellamientos en esta ciudad.

El autobús pasaba por Barranquilla y debido al aire acondicionado tuvimos agarrar los sacos de dormir. Testigos afirman haber visto pingüinos en el baño. ¡Malditos! se escondían en el único lugar al que no llegaba ese aire helado.
Nos recogieron en mitad de la carretera y nos llevaron a un restaurante español en Rodadero a cenar. Temporada alta de turismo colombiano en esta ciudad que nos recordó a Benidorm. Croquetas de jamón y calamares como los de la abuela nos quitaron las penas. Dormimos en estas Cabañas ecoturisticas basadas en construcciones de pueblos Tayronas. 
Un amigo de ellos nos había invitado a todos a celebrar Noche buena y Navidad en una casa en la sierra nevada, sistema montañoso mas alto cerca del mar. El camino aunque hermoso de vistas era horrible de vías. Además, no entraba suficiente gasolina al motor y paramos 10 veces a lo que bautizamos como ordeñar la vaca. Llevábamos dos sofás en la furgoneta y provisiones de ron suficientes para pasar una semana. Cuando llegamos arriba no nos lo creíamos. Santa Marta enfrente, tumba de Bolívar, mas a la derecha el tayrona, próxima parada. Al otro lado los picos nevados y al frente, de noche, se observaba el resplandor Barranquilla con una luna amarilla en forma de uña que parecía pintada sobre esta. Vaya vista. Debe ser la mejor del viaje hasta ahora. Nos enteramos que la persona que nos acogía era el dueño de la fabrica del mismo ron que estábamos bebiendo y que la casa primero había sido observatorio toltueca, luego la reclamó la FARC, y después los paracas instalaron un helipuerto. Modelos colombianas e importantes personajes habían pasado por acá. Que belleza de lugar. Nos quedamos hasta el 29 de rumba con los parseros y embobados con las vistas.